Reflexiones sociales y políticas

Jaume Balagué Estrems

El Sueño del Indiano: Éxito y Olvido

Los Indianos

Una vieja historia evoca la visita de unos paisanos a un antiguo vecino, emigrante a América, donde amasó una fortuna en plantaciones de café o azúcar. En mitad de la selva, este hombre había erigido una casa-palacio, un despliegue de riqueza y ostentación digno de un rey. Ante la admiración de sus visitantes por tal prosperidad, la respuesta del «indiano» fue lacónica: sí, pero de poco me sirve si mis antiguos convecinos no pueden contemplarla en mi pueblo natal.

Yo, que cursé parte de mis estudios en Zaragoza, recuerdo las avenidas que conectaban la ciudad con los pueblos cercanos, salpicadas de torres monumentales conocidas como «las casas de los indianos». Eran la materialización del éxito de aquellos emigrantes que, tras años de esfuerzo y talento en tierras lejanas, regresaban a sus orígenes. Construían estas imponentes viviendas para que sus vecinos, al visitar la capital, fueran testigos de la fortuna alcanzada y la consideración social ganada con su migración, buscando así perpetuar su recuerdo en el futuro.

En el fondo, todos albergamos una pizca de «indiano». Anhelamos que la ostentación de nuestra posición social y económica nos granjee admiración. Superar el nivel económico o la formación académica de nuestros ancestros nos otorga una peculiar satisfacción. Mejorar nuestro estilo de vida en comparación con el de nuestros padres o abuelos a menudo representa una meta anhelada desde la juventud.

Sin embargo, me asalta una pregunta: ¿cuánto tiempo perdurará nuestro recuerdo? Es natural que hijos y nietos nos evoquen, quizá con visitas al cementerio y ofrendas florales. Pero dudo que nuestros bisnietos conserven la menor memoria de nosotros. Si esto ocurre a nivel familiar, a nivel general no seremos más que nombres y estadísticas de tiempos pretéritos, a menos que una obra trascendental consigne nuestro paso por el mundo. Recordamos a escritores, pintores, artistas, descubridores científicos, dictadores o políticos cuyos nombres resuenan en los anales de la historia. El resto de la humanidad se diluirá en la oscura inocuidad del olvido. Algunos, conscientes de esta realidad, erigieron suntuosos mausoleos en los cementerios, admirados por su factura pero ajenos a la identidad de quien yace en el nicho. Al cabo de un siglo, solo quedan piedras artísticamente dispuestas, huérfanas de visitantes.

Globalmente, en los países desarrollados, la actual generación precaria enfrenta un panorama desafiante para dejar una huella material duradera. Lo más probable es que, hasta heredar los bienes familiares, muchos jóvenes experimenten dificultades para adquirir una vivienda propia. Las grandes fortunas, en contraste, permitirán que sus legados sean disfrutados por varias generaciones.

El mundo es un ente en constante transformación. Poblaciones vulnerables alcanzarán un desarrollo social, económico y formativo en un lapso sorprendentemente corto. Recordemos la China de hace cincuenta años, con 800 millones de habitantes luchando por subsistir, moviéndose en bicicleta, mientras Europa adoptaba a sus niños abandonados. Hoy, con 1200 millones de habitantes, China lidera un avance científico y técnico que la proyecta como la primera potencia mundial.

Nadie puede predecir el futuro. Ni siquiera sospechamos si el mundo dará un paso hacia atrás, si las autocracias resurgirán dominantes, o si unos pocos desquiciados desatarán un holocausto nuclear. Tampoco podemos ignorar la amenaza del cambio climático, con sus potenciales carencias alimenticias masivas y la desaparición de las costas bajas.

Ante la locura de pseudolíderes que se creen iluminados por ideologías de raíz fascista, donde la vida humana carece de valor en pos de sus ansias de poder económico y político, la racionalidad debería erigirse como la respuesta.

Aún estamos a tiempo.

J.B.E. abril 2025

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