Uno de los primeros libros que tuve el placer de leer en mi juventud fue “Cristo de nuevo crucificado”, obra del autor que fue propuesto en nueve ocasiones para el Premio Nobel, aunque jamás recibió tal reconocimiento: Nikos Kazantzakis.

Es 1922 y los habitantes de Likóvrisi, en Anatolia, se disponen a conmemorar la Semana Santa a través de una representación dramatizada de la Pasión. El reparto de papeles recae en el Consejo de Ancianos, que designa al joven Manoliós para encarnar a Cristo. Mientras tanto, los residentes de una población cercana, devastada por el ejército otomano, buscan refugio en Likóvrisi, lo que provoca divisiones entre los lugareños: mientras que el pope y los Ancianos se resisten a acogerlos, los aldeanos más humildes, elegidos para representar a Cristo y a sus apóstoles, se apresuran en su auxilio, y este acto de caridad alterará la apacible cotidianidad del pueblo. En esta magnífica tragicomedia, Nikos Kazantzakis revela, con su característica lucidez y vigor, cuán perturbador resulta adherirse fielmente a los principios del cristianismo, y con ello desmantelar la hipocresía de las instituciones religiosas y civiles.

Así, como la representación dramatizada de la Pasión se prepara para su gran día, un acontecimiento inesperado se añade al drama: la llegada de un forastero que, al parecer, tiene un mensaje de esperanza y redención. Este personaje, conocido como el «Filósofo», despierta la curiosidad y las dudas de los aldeanos, quienes ven en él no solo a un salvador sino también a una amenaza para las creencias arraigadas en la comunidad. Al principio, su sola presencia provoca una serie de discusiones entre los habitantes sobre la interpretación de la fe, el sacrificio y la verdadera naturaleza del sufrimiento.
Los días previos a la representación se llenan de tensiones y revelaciones, mientras las viejas heridas de la guerra se confrontan con las nuevas realidades de un pueblo en cambio. Kazantzakis, al abordar la relación entre lo sagrado y lo profano, invita al lector a cuestionar los dogmas que unen y dividen. A medida que se aproxima la conmemoración, los residentes se ven obligados a tomar partido: ¿deberían abrazar al Filósofo y su mensaje revolucionario, o permanecer fieles a una tradición que, aunque venerada, empieza a mostrar signos de fractura? Cada decisión arrastra consigo consecuencias que dan forma a la esencia misma de su identidad.
Al final, la obra no solo se convierte en una representación de la Pasión, sino en un reflejo de la lucha por la dignidad humana, que trasciende el tiempo y confronta los principios del cristianismo con la realidad de ser humano. En el desenlace, Kazantzakis nos recuerda que la verdadera fe puede surgir incluso en los momentos de mayor conflicto, donde la caridad y el amor son las únicas respuestas posibles a un mundo golpeado por la amarga división.

A medida que avanza la representación, los ensayos se convierten en un microcosmos de la lucha interna del pueblo. Manoliós, con su indudable talento, comienza a cuestionar no solo su papel como Cristo, sino también el sacrificio y el sufrimiento que rodean su figura. Entre los ensayos, se generan intensas discusiones sobre la fe y la moral. Algunos aldeanos, inspirados por la llegada de los refugiados, empiezan a recordar viejas historias de solidaridad y resistencia que habían sido olvidadas en el transcurso del tiempo. Las tensiones aumentan cuando las filas de los actores se mezclan con aquellos que buscan alivio, creando un choque entre el deber de los protagonistas y el deseo de los humildes de darles la bienvenida a los necesitados.
A la par, la figura del pope se convierte en símbolo del poder absoluto que ejerce la iglesia, y sus resoluciones parecen más dictadas por el temor que por la compasión. La representación se transforma en una lucha no solo por interpretar fielmente la Pasión, sino también por redefinir su significado dentro de un contexto de sufrimiento humano real. En el clímax de esta tragicomedia, el pueblo se enfrenta no a una elección sencilla entre el bien y el mal, sino a un dilema moral que traspasa la narrativa religiosa, convirtiendo a Likóvrisi en un escenario donde la fe se entrelaza con la humanidad. La obra culmina, reflejando el dilema de un pueblo dividido y, al mismo tiempo, unido en su fragilidad, reafirmando la profunda conexión entre la redención y la empatía en tiempos de crisis.
De alguna manera, trata de advertir a las generaciones venideras de que la historia tiene muchas posibilidades de repetirse; hoy volveríamos a crucificar a Cristo, aunque los motivos fueran un poco diferentes.
En una encuesta recientemente publicada, se dice que un 8% de la juventud entre 15 y 25 años vería con agrado la irrupción de un régimen dictatorial. Yo no creo que solo quieran una dictadura, lo que querrían es ser los dictadores. Seguramente, si trasladamos estos datos a 1933 del pasado siglo, estos descerebrados serían los candidatos ideales para apuntarse a la “juventudes hitlerianas” o entrar a formar parte de los “SS” del régimen nazi. Y es que la ignorancia hace fuertes a los autócratas.

No se trata sólo de la atracción por el poder, sino de una profunda desilusión con el sistema democrático actual. La incapacidad de los jóvenes para encontrar respuestas a sus inquietudes puede llevarlos a anhelar alternativas extremas. En este contexto, las plataformas digitales y las redes sociales juegan un papel crucial, convirtiéndose en un caldo de cultivo para discursos radicales que prometen soluciones rápidas a problemas complejos. La manipulación de la información, junto con la falta de pensamiento crítico, alimenta esta sed de control.
Así, la problemática se amplía. Las instituciones educativas deberían asumir una responsabilidad vital en la formación de ciudadanos críticos y responsables, alejándolos de ideologías peligrosas. Sin embargo, se perciben carencias en los programas educativos que deberían fomentar la tolerancia, la diversidad y la importancia de los derechos humanos. La historia nos enseña que los regímenes autoritarios a menudo surgen en períodos de incertidumbre; si no se pone remedio a esta situación, el ciclo podría repetirse, dejando a las generaciones futuras atrapadas en la misma trampa del pasado.
No sé si tenemos solución para esta problemática que se nos acerca; si encima los partidos de derecha les ríen las gracias, tendremos un oscuro destino. En una película donde se utiliza la música de «Cantando bajo la lluvia” hay una escena donde los protagonistas entran en una vivienda de un matrimonio y con violencia violan y masacran a dicho matrimonio. Una vez detenidos, se les aplica como medio para su reinserción a los causantes de dicho acto una terapia de reconversión consistente en hacerles visualizar escenas de máxima crueldad causadas por delincuentes y otras salvajadas cometidas en aras de la violencia, aplicando descargas eléctricas en estas escenas. Estas terapias, donde se dan descargas eléctricas cuando aparecen personas del mismo sexo, también son utilizadas por sectas y religiones para reconvertir a los homosexuales a la heterosexualidad, no son efectivas. Puedo pensar que si se les hiciera ver la “Lista de Schindler» podrían hacer una reflexión a sus mentes si estas fueran normales, cosa que pongo en duda.

También en los últimos días han aparecido grupos de ultraderecha manifestando su odio hacia los migrantes de color, refiriéndose a la raza blanca cristiana y autóctona como superior y dominante. Pobres, cuando se den cuenta de que la humanidad es solo una raza humana con diferentes serotipos o etnias con distintas coloraciones de piel, debidas básicamente a la incidencia de los rayos solares sobre la geografía mundial. Si estos supieran que las frutas y verduras que consumen son recogidas en su mayoría por migrantes centroafricanos, que las carnes que consumen son elaboradas por norteafricanos, que los conductores de estos alimentos son rumanos o sudamericanos, y que los que cuidan de sus abuelos son descendientes de los indios de Sudamérica, tendrán un lío de narices.

También me resulta curioso que la actual administración aún tenga resquicios de la identificación de los humanos por su procedencia. En las fichas médicas aparece un apartado donde pone “raza” y donde el facultativo tiene que poner “blanco o europeo». Podría entenderse que genéticamente la procedencia de dichos pacientes tuviera un componente genético de la probabilidad de tener determinadas enfermedades, incluso ser portador de parasitosis o infecciones que en este país no se den con frecuencia. Pero, lógicamente, un paisano de Cuenca que se desplace al centro de África tiene este mismo peligro. Mi duda surge cuando quien acuda a una consulta resulte ser hijo de un zambiano y una española, ¿qué pondrá en «raza?. “Cruce?». En el futuro veremos infinidad de estos cruces: un canadiense con una china, su hijo apareado con un descendiente de los indios navajos y su nieto apareado con un sueco.
Al final habrá que utilizar la tabla “pantone” de colores para identificar el tono de piel y asociarlo con el árbol genealógico.
J.B.E. Mayo 2025

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